Cuando el calor enferma: el golpe de calor es solo la punta del iceberg
Si pensamos en los riesgos del verano, solemos imaginar una única emergencia: el golpe de calor. Sin embargo, la evidencia científica muestra que ese es solo el desenlace más visible de un problema mucho mayor.
Las altas temperaturas aumentan el riesgo de enfermedad cardiovascular, insuficiencia renal, descompensaciones respiratorias, problemas de salud mental y miles de ingresos hospitalarios cada verano. Además, sus efectos no se distribuyen de forma homogénea: el calor no afecta a todas las personas por igual.
En Europa, nuestro contexto más cercano, las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas y representan un importante desafío para la salud pública.
El golpe de calor existe... pero no explica todo
Las enfermedades relacionadas con el calor forman un continuo que abarca desde cuadros leves, como los calambres, el síncope o el agotamiento por calor, hasta la forma más grave: el golpe de calor.
Esta emergencia médica potencialmente mortal aparece cuando el organismo pierde la capacidad de disipar el calor acumulado y la temperatura corporal aumenta de forma crítica, acompañándose de alteraciones del sistema nervioso central. Puede producirse tras una exposición prolongada al calor o durante una actividad física intensa, incluso en personas jóvenes y previamente sanas.
A diferencia del agotamiento por calor, puede evolucionar rápidamente hacia un fallo multiorgánico si no se actúa con rapidez. La evidencia actual recomienda aplicar el principio cool first, transport second ("enfriar primero, trasladar después"), priorizando el enfriamiento inmediato —preferiblemente mediante inmersión en agua fría— antes del traslado al hospital.
Sin embargo, aunque el golpe de calor representa la manifestación más grave del estrés térmico, constituye solo una pequeña parte del impacto sanitario asociado al calor extremo. La mayor carga de enfermedad ocurre mucho antes de llegar a esta situación.
El calor afecta a mucho más que la temperatura corporal
Mantener estable la temperatura corporal exige un importante esfuerzo fisiológico. Cuando hace calor, el organismo aumenta la circulación sanguínea hacia la piel y la producción de sudor para disipar el exceso de temperatura. Este proceso incrementa el trabajo del corazón, favorece la pérdida de líquidos y electrolitos y reduce el flujo sanguíneo hacia otros órganos.
Cuando estos mecanismos dejan de ser suficientes, las consecuencias pueden afectar prácticamente a todo el organismo.
La evidencia muestra que el calor extremo se asocia con un amplio espectro de enfermedades relacionadas con el estrés térmico:
- Sistema cardiovascular: aumenta el riesgo de infarto, insuficiencia cardiaca y parada cardiaca.
- Riñón: favorece la lesión renal aguda y puede agravar enfermedades renales previas.
- Sistema respiratorio: incrementa las descompensaciones de enfermedades como el asma o la enfermedad pulmonar obstructiva crónica.
- Sistema nervioso y salud mental: puede agravar trastornos psiquiátricos y favorecer episodios de confusión o deterioro cognitivo.
- Alteraciones hidroelectrolíticas: la deshidratación y los desequilibrios electrolíticos constituyen una causa frecuente de consulta y hospitalización.
La mortalidad es, probablemente, la consecuencia más visible. Sin embargo, detrás de ella existe una carga mucho mayor de enfermedad, ingresos hospitalarios y descompensaciones clínicas que convierten al calor extremo en un verdadero problema de salud pública.
¿Por qué unas personas tienen mucho más riesgo que otras?
La vulnerabilidad frente al calor no depende de un único factor. Surge de la interacción entre las características de cada persona, las condiciones en las que vive o trabaja y su capacidad para protegerse durante un episodio de calor extremo.
El riesgo aumenta cuando coinciden factores como trabajar al aire libre, vivir en una vivienda con escasa capacidad para mantener una temperatura adecuada, convivir con enfermedades crónicas o utilizar medicamentos que dificultan la termorregulación. La combinación de varios de estos factores incrementa considerablemente la vulnerabilidad.
Uno de los hallazgos más interesantes de la investigación reciente es la denominada paradoja de la vulnerabilidad. Estudios realizados en ciudades como Madrid y Varsovia muestran que algunos de los grupos con mayor riesgo objetivo —especialmente las personas muy mayores o quienes viven solas— perciben menos el impacto del calor sobre su propio organismo. Al no identificar el estrés térmico o minimizar sus síntomas, es menos probable que adopten medidas de protección, lo que incrementa aún más su vulnerabilidad.
Esta observación recuerda que proteger a la población no depende únicamente de informar. También exige identificar a quienes tienen más dificultades para reconocer el riesgo o para adoptar medidas de protección por sí mismos.
Más calor, más impacto sobre la salud
El impacto del calor extremo ya es visible en Europa. Entre 1991 y 2020 se estimó una media de 43.729 muertes anuales relacionadas con el calor en el continente. Si esta tendencia continúa, la carga de enfermedad seguirá aumentando en las próximas décadas, con estimaciones que apuntan a unas 55.000 muertes adicionales al año hacia finales de siglo.
Estas proyecciones reflejan el efecto combinado del aumento de las temperaturas y del progresivo envejecimiento de la población, con un impacto especialmente importante en las regiones del sur de Europa. Aunque estos datos se centran en el contexto europeo, el mensaje es más amplio: el calor extremo se está consolidando como uno de los principales riesgos ambientales para la salud y requiere respuestas adaptadas a las características y necesidades de cada territorio.
¿Estamos preparados? El calor extremo como un reto para la salud pública
Durante años, la prevención frente al calor se ha centrado en recomendaciones individuales como beber agua, evitar la exposición solar o buscar lugares frescos. Estas medidas siguen siendo fundamentales, pero por sí solas, no son suficientes.
Esto pasa por disponer de sistemas de alerta temprana, diseñar ciudades más resilientes, adaptar la atención sanitaria al riesgo climático, fortalecer las redes comunitarias de apoyo y formar a los profesionales para reconocer precozmente los efectos del estrés térmico.
En definitiva, prepararse para un clima cada vez más cálido exige combinar las medidas individuales con estrategias estructurales de adaptación.
Porque cuando el termómetro sube, la salud no depende solo de lo que cada persona pueda hacer. También depende de la capacidad de la sociedad para anticiparse, reducir los riesgos y proteger a quienes presentan una mayor vulnerabilidad.
Referencias:
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📌 Wrotek M, et al. From inequalities to vulnerability paradoxes: juxtaposing older adults' heat mortality risk and heat experiences. Environ Health. 2025 Apr 26;24(1):24.
En MeedIA Health creemos que comunicar ciencia también significa ayudar a transformar la evidencia en decisiones, estrategias y mensajes que contribuyan a proteger la salud de las personas. Porque la prevención también empieza por comprender la evidencia.
Vera Mariño & Yesenia Machado
Departamento Científico | MeedIA Health
Traduciendo ciencia en valor para la salud
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